¿Cómo fue que llegué?
¿Cómo fue que llegué?
Fue el viento quien me llevó, fue el corazón lleno de preguntas, fue el frío que sentía, fue la Tierra haciendo un llamado. Y ahí estaba yo: cansada, confundida, enojada, endurecida.
Ahí estaba yo, frente a un fuego, sentada en la tierra, cobijada por los aromas de las hierbas que se ofrendaban, aromas antiguos, aromas de la tierra, con un tabaco envuelto en hoja de maíz, y un montón de personas desconocidas. Yo era una turista para dejar de serlo esa misma noche. ¿Qué pasó esa noche? Esa noche regresé a casa y empecé a recordar.
Yo pinto la vida, la magia de la vida. Una magia que es real, que existe y que en México y en Latinoamérica se vive en la profundidad de los pueblos originarios, en la memoria del campo, en el metate, en el molcajete, en la tortilla. Es la memoria que guardan los sabores y los olores de la tierra. Es la historia que cuentan los huipiles, los bordados, los hilos, las chaquiras, el barro. Es la historia de nuestra Madre Tierra, de nosotros como parte de ella. Es la memoria de la unidad. Es el hablar con el agua, relacionarte con ella como familia y no como un recurso que sirve y se explota. Es pedir permiso, hablar con la tierra, sanar la tierra y nosotros sanar con ella.
Mi obra es un llamado a recordar.
¿Por qué no pintar la esperanza?
¿Por qué no pintar los sueños? Quizás así se vuelvan realidad.
¿Por qué no pintar la memoria? Quizás así recordemos.
¿No es el arte un medio para elevar una voz y ser escuchada? Es una plegaria, un rezo para nuestra sociedad, para nuestra gente, para nuestros hijos.
Que no se olvide que el agua está viva, que somos agua. Que no se olvide que los animales son nuestros hermanos. Que no se olvide que todos venimos de la Tierra y a ella volveremos. Que no se olvide que la magia está en cada amanecer y cada atardecer. Que no se olvide que todos somos uno.
Diana Sepúlveda, 2023