Pintar la Tierra viva

En la obra titulada La fuerza viva, el caballo no es un caballo: es el Sol que transita la Tierra repartiendo vida. En La dificultad de sostener la vida, la mujer que amamanta a sus gemelos no es cualquier mujer: es la Madre Naturaleza de cuya piel brotan flores y enredaderas, pero también es la artista, que se pinta a sí misma habitando una soledad simbólica y adversa mientras sostiene la vida de sus hijos. Así opera la obra de esta pintora mexicana contemporánea que, a través de un tejido semiótico coherente, apunta hacia conceptos que trascienden la figura, hacia los atributos del espíritu que habita en la materia.

 

Diana Sepúlveda (Torreón, Coahuila, 1987) vive y trabaja en Tierra Grande, La Laguna —un ejido en las afueras de Valle de Bravo—, donde tiene su estudio al pie de las montañas. Su obra parte de una transformación que comenzó en 2014, cuando conoció a una familia del desierto de San Luis Potosí. Durante siete años convivió con ellos y aprendió de la tradición que comparten: una cosmovisión animista en la que todo tiene vida y espíritu, y que aún sostienen muchos pueblos originarios de América. Esa experiencia transformó su vida y su pintura, y la condujo a cultivar una relación con la Tierra y a asumir su sensibilidad como una fuerza y no como una debilidad. Fue entonces cuando comenzó a buscarse en la pintura, intentando conciliar su modo occidental de ver el mundo con el animismo que ahora abrazaba. De esa necesidad surgieron las preguntas: ¿Cómo pintar su propia relación con la Tierra? ¿Cómo plasmar el modo en que la naturaleza se comunica? ¿Cómo somos percibidos por ella?

 

A esas preguntas, que son de orden pictórico, se suman dos conflictos vitales que detonan su trabajo: ¿Cómo ser mujer, madre y artista? ¿Cómo pertenecerle a la Tierra en este mundo moderno? Estos y otros conflictos terminan escritos en sus diarios de artista. De ahí nace su pintura: de preguntas y tribulaciones que se convierten primero en un boceto o en una poesía que después da origen a una obra pictórica que, en ocasiones, se expone junto a esta misma poesía que la originó. La obra, cuya materia final es la acuarela sobre papel, es vibrante y luminosa, con una potencia inusual en esta técnica. Al desarrollarla, la artista traza el camino que va de la luz del papel virgen a la oscuridad del pigmento saturado, y en ese trazo construye atmósferas de un mundo simultáneamente material y onírico: una realidad viva, profundamente animista.

 

Su obra no ilustra: afirma con metáforas lo que ella encuentra imprescindible —que todo tiene espíritu, que la luz del Sol trae la vida, que las mujeres nos han sostenido en medio de la adversidad. No lo hace desde un manifiesto, sino desde la pintura. Por eso su trabajo resulta difícil de clasificar: no porque no pertenezca a ningún lugar, sino porque habla de lo vivo. Si se requiere una categoría, su arte es animista: no porque siga una tendencia, sino porque su vida y su pintura se rigen por esa cosmovisión.

Federico Márquez Padilla

2026